Un juego que sigue disfrutándose 18 años después de su publicación, como si fuese el primer día, es un gran juego. Con los videojuegos ocurre exactamente igual que con el cine: a la larga, lo que se recuerda no son los efectos especiales ni las escenas de acción, ya que éstas tienden a la obsolescencia de forma irremediable. Si hoy seguimos viendo las primeras entregas de Indiana Jones, Star Wars o Regreso al Futuro no es, sobre todo, por su apartado técnico, que a día de hoy da más risa que otra cosa (no es que esto sea malo, es que los tiempos cambian y, con ellos, la tecnología), sino por unos personajes cuidados, buenos diálogos, una historia interesante y atractiva. The Matrix es un poco de ambas cosas: hoy, casi diez años después de su aparición, sigue impresionando por sus dos principales virtudes: efectos especiales y narrativa. Pero todas las que vinieron tras ella, poco menos que imitando sus coreografías y escenas de acción, y no tenían una buena historia que ofrecer, son fácilmente olvidables.
Hasta hace poco no entendía por qué The Secret of Monkey Island supuso un antes y un después en la manera de narrar una historia en un videojuego (y más aún, para las aventuras gráficas del momento). Si hoy me sigue dejando con la boca abierta no es por su apartado gráfico, desde luego, es por unos personajes muy caracterizados y elaborados, unos diálogos hilarantes que no han perdido ni la originalidad ni la frescura de antaño (¡casi dos décadas después!), una historia que te atrae desde el primer momento, con aquel inconfundible: “Hola, me llamo Guybrush Threepwood, ¡y quiero ser un pirata!”. Antes se valoraba principalmente la jugabilidad, la dificultad, la duración… Hoy, un buen guión es condición sine qua non para que un juego triunfe. Por eso, aventuras gráficas como TSoMI son tan especiales, porque concedieron importancia a algo que no era lo habitual en su época.
